¿Miedo a Sufrir?

 

 

El miedo a sufrir no es más que una pistola descargada en la guantera de un coche o una navaja en la chaqueta. Es decir, una idea de seguridad que en realidad no nos aporta ninguna garantía. No conozco a nadie que por tener pánico haya logrado nada en la vida. Miedo al mundo, miedo al fracaso, miedo a la muerte, miedo a enamorarse...

El final de esa lista la quemé hace dos días. Cuando todavía no era un cobarde -Esas    palabras eran pronunciadas por un hombre relativamente joven, de descuidado aspecto: con barba de cuatro días, ojeras, ojos enrojecidos y despeinado. Ese hombre llevaba hablando durante horas en el interior de una casa de campo alejada de la gran ciudad Las paredes de aquella habitación eran de color rosa. Tenía una cama de matrimonio, encima de ella, permanecía inquieto un ejército de peluches: osos, conejos, dragones y un sinfín de muñecos más. El aspecto de la habitación reflejaba una falsa felicidad. Continuó hablando el hombre.

Me escribo miles de cartas, todas van dirigidas a mí. En todas ellas me critico una y otra vez. La dureza de mis palabras es tal que parecen dagas al vuelo contra mis ojos. Cualquier día llorare sangre. La verdad es que no me gusta como actúo, tampoco me gusta en lo que me he convertido. La vida se me agota como el tiempo dentro de un reloj de arena. La diferencia del tiempo que me queda y el de un reloj de arena, está en que a mi vida no le podré dar la vuelta cuando caiga el último grano – El hombre dejó de hablar ante su ventana y se dirigió a su minibar para llenarse una copa de Ballantine’s. Dio un trago tan largo que no solo sació su sed, sino que también vació de una sola vez su copa. Su aliento reflejaba que aquella copa no había sido la primera en ese día. Siguió hablando.

¿Sabes? Nunca pensé que cruzaría esa delgada línea. La cordura. Enlazo frases que no tienen ninguna comprensión. Porque dudo que mis razonamientos se basen en la ética o la razón, puede, tan solo puede, que mi alma carezca de humanidad. Una humanidad que me robaste hace dos días.

Verás, hoy me levantado sin demasiada felicidad en mi rostro. Sé a ciencia cierta que nada bueno me espera. Porque ya no encuentro en mis mecheros la llama que encendía la chispa de mi vida. He perdido esa bonita ilusión por vivir mis días para así poder descubrir los tuyos –Ese hombre, cada vez con un tono de voz más enfurecido, estrelló su copa contra una pared de su habitación y continuó con su interrumpido discurso.

He considerado seriamente el dejar de fumar. Aunque para que hacerlo si incluso el humo me rechaza, ya que prefiere perderse por el ambiente antes de entrar en mi contaminado cuerpo. Contaminado de malos pensamientos. Por ello, pienso, a veces pienso, que actualmente mi orgullo está tan desequilibrado que sería capaz de asesinarme con tal de no hacerle sufrir. Tal vez por eso, solo tal vez, me he convertido en alguien inmunizado al dolor. Para poder seguir estando vivo. Mis paredes, aburridas y sucias, son testigos de mi incapacidad por sentir cualquier clase de dolor. En ellas, hay manchas rojas de los cabezazos que me he propiciado en momentos recordatorios. Efectivamente, momentos en que recordaba nuestra vida conjunta. Por tu culpa, odio a mi memoria, no la soporto. Hace dos días que no la necesito –Tras esa última frase, el hombre se sentó en el suelo apoyándose en una de las paredes. Se mantuvo en silencio durante unos minutos. Tras ellos, volvió a levantarse y continuó con su angustioso monólogo.

Nunca pensé que algo así me pudiera ocurrir a mí. Abrí de par en par las puertas de mi fortaleza. En su interior, vivía sin preocupaciones el rey de mis sentimientos, mi corazón. Junto a él coexistían, la desconfianza, la autosuficiencia y la prepotencia. Estos sentimientos eran fieles guardianes y protectores de dicho corazón. Pero de la noche a la mañana, estos tres guardianes fueron salvajemente asesinados por dos palabras “Te quiero”. Esas fueron las culpables. Tras ese instante, abandoné mis armas y confié en ti.

Fuiste una chica increíble, de veras. Una de esas mujeres que piensas que ha nacido para que se escriba una canción sobre ella –El hombre miró fijamente a la otra persona que había en ese dormitorio, era una mujer muy hermosa de rostro asustado. Entonces, el hombre prosiguió con sus palabras impregnadas de odio.

Ahora reconozco que tan solo tuve un error en el principio de nuestra relación. Pero fue uno de los grandes. Subestimé el poder de tus palabras, ya que con ellas me aseguraste que siempre estaríamos juntos y seriamos felices. Actualmente pago por ese error cada vez que me miro al espejo, ya que me avergüenzo de mi propia mirada. ¿Por qué  me traicionaste, Susana? Por tu culpa ya no podré enamorarme ¿Tendré miedo a sufrir? –El hombre preguntó mirando directamente a los ojos de la chica. Tras formular la pregunta, se quitó la agobiante corbata y se desabrochó el primer botón de la camisa. Entonces, pudo proseguir con su charla nuevamente.

Vas a ser mi primera víctima y deseo que la última. Me hace bastante gracia que me mires con esos ojitos de cordero degollado. Como si tu mirada fuera a crear la compasión necesaria para inculcarte mi perdón. Esta noche soy tu juez, un justiciero sin nombre, soy tu verdugo. Y para tu información, te conviene saber que yo no perdono nunca. De hecho nunca he sabido.

Supongo que voy a matarte por necesidad. Prefiero mil veces respirar tu dolor que el mío propio. Por eso te mato Susana, en nuestro propio dormitorio, para no sentirme tan desgraciado cuando duerma en solitud en nuestra cama de matrimonio. Cama que se ha convertido en el retrato de un hombre sin esperanza. Ni las almohadas se dignan a darme consejo. Me siento tan solo. Y es que tengo un vacío de enormes magnitudes gracias a tu mala obra. Recuerdo felizmente cuando antes dormíais conmigo, las dos –El amargado hombre hizo mención de una tercera persona a la vez que observaba una fotografía, la cual, extrajo de su cartera. Tras unos segundos algo emocionado, volvió a guardar la fotografía y continuó hablando. La mujer atada a la silla se resignó cabizbaja al escuchar la citación de esa tercera persona y empezó a soltar las primeras lágrimas. Éstas, parecían que esquiaran por el rostro, algo manchado por el rímel corrido, de la mujer.

Habíamos hecho tantos planes, Susana. Recuerdas, cariño, nos prometimos amor eterno. ¡Qué frase más hermosa pero qué ingenua a la vez! Qué graciosas me parecen ahora tus promesas. Lo eras todo para mí. Y ahora mirarme, tan desquiciado. Tan solo debes mirarnos ahora, menuda situación, te tengo a ti, la mujer con la que me casé, atada a una silla. Asustada, tal vez aterrada, pero solo tal vez. No creo que los demonios como tú tengan demasiado miedo -El hombre hizo un parón para acercarse a la ventana, tras observar la cálida presencia del sol, continuó con su charla.

¿Has visto el sol? Te da la espalda para no ver lo que te va a ocurrir. Seguramente sospechará que en esta habitación antes de asesinarte, voy a torturarte. Estoy seguro que el cielo comprende el ardor de mi venganza.

¿Por qué no dices nada? No pretenderás que me trague que permaneces en silencio tan solo porque te tengo amordazada. De todas formas no hace falta que hables, no me interesan tus palabras. Además, nunca has sido muy habladora y cuando has hablado has mentido. Por ejemplo, todas esas veces que dijiste que yo era el único. Por cierto Susana, ¿tienes miedo a sufrir? Créeme si te digo que deberías –Esas palabras asustaron a la mujer que al querer desatarse en un acto de desesperación perdió junto a la silla el equilibrio y cayó al suelo. Tanto la silla como la mujer fueron por el golpe debilitadas. El hombre no demostró ante lo sucedido ni el más mínimo interés.

¿Sabes? Me estoy cansando de sentirme culpable por no haber sido capaz de ponerte la mano encima cuando me enteré de la noticia, me arrepiento día tras días. Tal vez una simple bofetada hubiera bastado para liberar los demonios que hoy me torturan. No llores más por favor, sé que son lágrimas de cocodrilo, tu y yo sabemos que no mereces vivir. No vales la pena. El día que te encontré en la cama con otro hombre, nuestra hija permanecía ahogada, ausente de vida, entre las sábanas y mantas que debiste dejar en su cuna accidentalmente. Pienso que por culpa de tu arrebato de pasión cometiste el error más grave de cuantos errores graves existen. Tan solo tenía dos años, Susana. ¡Dos años maldita seas! Después de verla muerta juré que te mataría. Pero ese no fue tu único pecado verdad. Tuviste que serme infiel durante años. Te acostabas con un indeseable y le regalaste la vida de nuestra hija. Ha sido un accidente, me dijiste, pero mientras te excusabas apenas podías mantener el equilibrio. Estabas borracha. Ni siquiera propiciarle aquella paliza a mi jefe, ahora difunto ex jefe, me tranquiliza. Pero tranquila, ese cerdo debe estar ahora cayendo eternamente entre los abismos del infierno. Ayer hice que lo mataran, contraté a un vagabundo para que vaciara el cargador de una pistola, que compré ayer especialmente para la ocasión, por todo su cuerpo. Pero hoy no solo ha muerto mi jefe sino tu amante y tu cómplice del asesinato de Natalia, mi pequeña Natalia. ¿Adivinas quién va a ser el siguiente en pagar con su sangre este atroz asesinato?

Yo nunca he sido mala persona, los  dos lo sabemos. Pero ahora estoy tan perdido como un alma en pena, como un soldado sin patria. Y yo me pregunto, ¿quién puede guiar a este Ángel caído? Además, ya es tarde, me has contaminado con tu maldad.

Tuviste que dejar la bebida, Susana, cuando nos casamos te lo aconsejé. En nuestra noche de bodas, sin ir más lejos, me di cuenta que tenías serios problemas con la bebida, todavía me avergüenzo del espectáculo que montaste cuando agrediste a la recepcionista alegando que me estaba tirando los tejos. Sin duda, tu fabulosa fragancia de mujer cuando te conocí, poco a poco, con el intratable paso del tiempo, se fue transformando en olor a Martini -El marido de la mujer amordazada, se tumbó en el suelo para poder susurrarle al odio todas esas palabras. La mujer, aún atada, permanecía tirada en el suelo. Sus muñecas empezaban a enrojecerse por culpa de la falta de circulación de su sangre. La silla mostraba con cada movimiento de la mujer que estaba cediendo.

Lo siento Susana, se te ha agotado el tiempo. Pide un último deseo. Lo siento de verdad pero soy esclavo de mi orgullo y estoy cegado por mi dolor. No puedo permitir que vivas, solo así lograré espantar la presencia de los fantasmas de la muerte de nuestra hija. Aunque yo no pienso quitarme la vida. Tal vez sea un cobarde, solo tal vez.

Es gracioso, me está costando más de lo que había planeado. Ahora miro el pomo de esa puerta y sospecho que traspasarla y dejarte aquí atada es lo mejor que podría hacer. Pero me has proporcionado tanto sufrimiento. Creo que soy el hombre más rencoroso del planeta. Créeme preciosa, no exagero. Todo te lo debo a  ti, todo es mérito tuyo. No llores. ¿Acaso tienes miedo a sufrir?  –Tras esas palabras, el marido se levantó del suelo y agarrando con furia el pelo de su mujer le insultó una y otra vez. La mujer, por su parte, empezó a llorar mientras temblaba de pánico. Tras dejar el rubio y largo cabello de ella, dejó de insultarla y continuó hablándole en un tono sin agresividad, casi con dulzura. Fue un cambio emocional tan repentino como desequilibrado.

Dichosos son los recuerdos selectivos del ser humano, sabes que me viene ahora a la cabeza, el día que nos conocimos. Recuerdo que me hiciste reír tanto que me quedé afónico en aquella cafetería. Tras pasar una tarde increíble, al anochecer me invitaste a tomar una copa. Yo nunca había subido a casa de ninguna chica a tomar una copa. Era muy joven e inexperto. Fue tan especial para mí, Susana. Bueno, he decidido irme. Gracias por destrozarme la vida, ¿Pero, sabes qué? Yo soy mejor que tú y por eso, solo por eso, voy a dejar intacta tu vida, para que tu sola te acabes destruyendo. Porque las cosas caen por su propio peso, Susana, y el tiempo pone a cada uno en su lugar. Pero no pienses que te voy a olvidar, eres parte de mi vida aunque me duela. Sé que la solución no es enterrarte en mi inconsciente, sino, nunca volvería a ser feliz. Tampoco tengo demasiadas esperanzas de que esto ocurra, en fin, el tiempo dictará sentencia –Tras melancólicamente narrarle sus recuerdos a Susana, el hombre volvió a poner la silla en pie, instantáneamente, el cuerpo de la mujer fue levantado del suelo. El desesperado hombre se dirigió a la puerta. Al llegar y sin darse la vuelta, la abrió y salió de la habitación. Durante unos minutos, coincidiendo con la ausencia del marido, Susana paró de llorar y tranquilizándose empezó a recuperar el ritmo normal de los latidos de su corazón. El amargado hombre, no había salido de la casa. Permanecía en el pasillo parado, fumándose algunos cigarrillos. Tras consumirse el último cigarro de su paquete, volvió a abrir la puerta de su dormitorio y entró.

¿En serio te has creído que renunciaría a mi venganza? –Al terminar la frase, el hombre observó como la ventana estaba completamente abierta, la silla totalmente destrozada y ahora tan solo su ejército de peluches escuchaba sus atormentadas palabras.

 

                                                                                    Christian Duarte Gallego

                                                                                    2n batxillerat-A